

La novela

Las chicas
de la fábrica
Dos mujeres. Una fábrica.
Y un mundo que no está preparado para ellas.
Londres, 1887.
Eleanor y Odile pertenecen a mundos muy distintos. Una ha aprendido a abrirse camino a fuerza de trabajo e ingenio. La otra ha crecido rodeada de privilegios, pero también de las limitaciones que la sociedad impone a una joven de su posición.
Las circunstancias las llevan a hacerse cargo de una de las fábricas textiles más importantes de Inglaterra.
Y ahí empiezan los problemas.
Porque dirigir una empresa, negociar con hombres poderosos y tomar decisiones sobre su propio futuro no son precisamente las ocupaciones que la Inglaterra victoriana tiene reservadas para ellas.
Entre traiciones, amores, negocios y la amistad que surge entre ellas, Eleanor y Odile tendrán que aprender a defender lo que es suyo.
Y a encontrar su propia voz.
Un Londres de luces y sombras
La novela transcurre durante la segunda revolución industrial, en una Inglaterra que estaba viviendo una transformación económica, tecnológica y social sin precedentes.
Es el Londres de los bailes, los vestidos, las recepciones elegantes y las tardes de té. Pero también el de las chimeneas, las jornadas interminables, las grandes fortunas y las enormes desigualdades.
Me interesaba especialmente ese contraste: la delicadeza de las formas frente a la dureza de las relaciones de poder.
Y, sobre todo, el desconcierto de una sociedad que intentaba adaptarse a un mundo que cambiaba más deprisa de lo que podía comprender.
Porque hay algo fascinante en los paralelismos con nuestro tiempo.
Entonces fueron la electricidad, las nuevas máquinas y los trasnportes los que transformaron las empresas, el empleo y la vida cotidiana.
Hoy son la inteligencia artificial, la automatización y las tecnologías digitales las que vuelven a cuestionar cómo trabajamos, qué habilidades necesitamos y qué lugar ocuparán las personas en el mundo que viene.
En ambas épocas, el progreso abre oportunidades extraordinarias, pero también despierta resistencias, concentra poder y obliga a replantearse reglas que parecían inamovibles.
Y, en medio de todo ello, ahora, como entonces, las personas.
Con sus sueños, sus miedos y sus ganas de salir adelante.
Quizá por eso, aunque nos separen casi ciento cuarenta años, el mundo de Las chicas de la fábrica no queda tan lejano del nuestro.
El arte detrás de la novela
La pintura impresionista (que me gusta muchísimo) ha sido una inspiración mientras escribía la novela.
Cuando transcurre la historia, el impresionismo todavía está lejos del reconocimiento que tiene hoy. Sus pinceladas fragmentadas, sus escenas cotidianas y su manera de representar la luz rompían con las convenciones artísticas de la época.
Y eso encaja mucho con esta historia. De alguna manera, también Eleanor y Odile intentan encontrar su lugar fuera de las convenciones establecidas.
Las bailarinas de Degas

Para una joven de buena familia en la Inglaterra victoriana, el baile era una de las pocas formas socialmente aceptadas de expresión y evasión.
Cuando todo parece venirse abajo, Odile regresa a su casa de la campiña y se pone a bailar.
En dos momentos de la novela, la imagino como una de las bailarinas de Degas: entregada al movimiento, ajena a la mirada de quienes la observan y reflejando la luz sin saberlo.
Renoir y la vida social
Las reuniones de la alta sociedad tienen mucho de los cuadros de Renoir.
La atmósfera de Le Moulin de la Galette, con sus jóvenes bailando y conversando, me sirvió de referencia para imaginar las recepciones y fiestas de la novela.


La première sortie
con una muchacha en un palco del teatro, inspiró una escena en el Royal Albert Hall, cuando Odile y Benjamin Bennett se convierten en el centro de todas las miradas.
Una historia hecha de pinceladas
También hay algo del impresionismo en la estructura de la novela.
Algunas historias aparecen apenas esbozadas, en capítulos breves que pueden parecer independientes. Como pequeñas pinceladas que, vistas de cerca, no permiten distinguir la imagen completa.

La luz y la sombra
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Hay otro cuadro que ocupa un lugar especial en Las chicas de la fábrica: La Virgen de las Rocas, de Leonardo da Vinci.
Concretamente, la versión que se conserva en la National Gallery de Londres.
A diferencia de las obras impresionistas que inspiraron la escritura, este cuadro aparece en la propia novela.
Leonardo consigue que las figuras emerjan de la oscuridad mediante un extraordinario juego de luces y sombras.
Y esa convivencia entre ambas recorre también la historia.La Inglaterra victoriana fue una época de contrastes fascinantes. La riqueza y la miseria, la elegancia y la brutalidad, el progreso y la explotación convivían a escasos metros de distancia.
Pero la luz y la sombra no pertenecen únicamente a las ciudades o a las épocas. También están en las personas, en sus decisiones y en aquello que elegimos mostrar u ocultar.
Y quizá una de las cosas que más me interesaba contar era precisamente esa: que rara vez encontramos la luz y la oscuridad completamente separadas.
¿Y por qué una fábrica?
Durante años, esta novela tuvo otro título: El camino de los hipopótamos.
Los hipopótamos son herbívoros, y sin embargo atacan ferozmente a quien invade su territorio, incluso cuando no representa una amenaza.
Me pareció una metáfora perfecta para lo que les ocurre a Eleanor y Odile.
Dos mujeres que entran en un mundo industrial dominado por hombres y descubren que algunos están dispuestos a hacer cualquier cosa para expulsarlas. (Afortunadamente, otros juegan en su equipo).
No porque ellas no sean capaces.
Quizá, precisamente, porque lo son.